domingo, 1 de junio de 2014

SOBRE LA REUNION DE ORACION






“Ahora tengo que decir sólo unas cuantas palabras especiales para los miembros de la iglesia acerca de SU LUGAR EN LA REUNIÓN DE ORACIÓN. “El lugar de David quedó vacío” (1º Samuel 20:25). ¿Qué era lo que se estaba llevando a cabo? “Bien, ¡era únicamente una reunión de oración!” Sí, pero, pero, pero, pero, pero, pero, eso es decir mucho. ¿Dio algún miembro de la iglesia esa respuesta? No creo que ni uno solo lo hiciera; pero quisiera preguntarles a todos los miembros de esta iglesia: “¿cuántas veces han asistido a la reunión de oración en este año?” Hay algunos de ustedes que nunca están ausentes a menos que algo les imposibilite para asistir del todo. Me alegra incluso ver a algunos de ustedes que llegan tarde los lunes por la noche. Si no pueden venir a las siete, vengan a las siete y media o vengan a las ocho; vengan a cualquier hora que puedan, para poder insertar su porción de suplicación con el resto de los hermanos y de las hermanas.

Pero estoy avergonzado de algunos de nuestros miembros. Ellos dirán: “¿a quiénes te refieres?” El domingo pasado un niñito vino a este Tabernáculo por primera vez; entonces, cuando me paré en el púlpito y comencé a predicar, el pequeño amigo le dijo a su niñera: “Señorita, ¿el señor Spurgeon me está hablando a mí?”

Yo quisiera que todos ustedes dijeran lo mismo, si mis palabras fueran aplicables a ustedes; pues estoy hablando a algunos de los miembros de la iglesia cuando digo que me avergüenzo de ustedes porque no asisten nunca a las reuniones de oración. No incluyo en esta censura a quienes viven a una gran distancia, o están plenamente ocupados con sus familias o con los cuidados de negocios, pues harían mal en venir. ¡Dios no quiera que le
pida que le presenten un deber manchado con la sangre de otro deber!

 Pero hay algunos que podrían estar aquí y deberían estar aquí en nuestras reuniones de oración, y están sufriendo espiritualmente un daño positivo en sus propias almas por causa de su ausencia, además de la pérdida que están ocasionando al tesoro de la iglesia, pues la riqueza de la iglesia radica en el poder de intercesión. Descubriremos que la medida de la influencia de la iglesia está en una exacta proporción a la cantidad de oración presentada por los miembros; si no hay mucha oración, no puede haber mucho poder. “Pero podemos orar en casa”, dirá alguien. Sí, yo sé que pueden hacerlo; pero, como regla, pienso que la gente que ora en casa es la gente que ora también en las reuniones de oración. El hecho de que nos congreguemos para la oración es muy generalmente (tomando en consideración las circunstancias especiales) el exponente de nuestra oración privada. Permítanme aguijonear a cualquiera de ustedes cuyo lugar en las reuniones de oración ha estado vacío, para que no suceda eso de nuevo.

Amados míos en el Señor, compañeros soldados de Cristo, ¿cuál ha sido la fuente y el secreto de nuestra fuerza, como iglesia, hasta este punto? Ha sido nuestra oración. ¡Cuán bien recuerdo aquellas reuniones de oración que tuvieron lugar en la Capilla de Park Street! Cuando comenzamos, éramos sólo unas cuantas criaturas débiles que, en la mayoría de las reuniones de oración que tuvimos, nos reuníamos en una pequeña sacristía; pero pronto tuvimos que abrir nuestras puertas de par en par, y pasar a la capilla, y nunca hemos regresado a la sacristía desde entonces. Y, ¡oh, el poder que el Señor graciosamente nos concedió por la oración! Sentí allí, y muchos de ustedes también lo sintieron, que parecía que por nuestra súplica hacíamos descender la bendición de Dios sobre nosotros; y entonces nuestros números se vieron rápidamente incrementados, las almas fueron convertidas y Dios fue glorificado. Si decaemos en la oración, nos condenaremos a nosotros mismos. Hemos comprobado, no por rumores sino por experiencia personal, que la oración es poder; y si relajamos nuestra oración y la reducimos en alcance o incluso en tiempo, mereceremos que este lugar sea convertido en un refrán y un objeto de rechiflas, y que toda nuestra prosperidad nos sea quitada, y que se escriba ‘Icabod’ sobre nuestros muros.


¡Que Dios conceda que esta voz quede silenciada por la muerte antes de que este pueblo deje de ser jamás un pueblo de oración! Antes bien, que nuestra entrega a la oración sea avivada y nuestras intercesiones sean multiplicadas; y que no se diga de ningún hombre o mujer temerosos del Señor, que su lugar está vacío cuando el pueblo de Dios se congrega para orar.”


Escrito por: Charles H. Spurgeon
Tomado de: www.contralaapostasia.com