sábado, 28 de septiembre de 2013

DIOS AMA AL DADOR ALEGRE




Había un comerciante, dice ella, que había prosperado sobremanera en los negocios. Había construido una casa en el campo, y la había agrandado, y había cultivado sus jardines a un gran costo. Cuando fue a su oficina, fue visitado por alguien que hacía una colecta para alguna sociedad, y él respondió a su solicitud: "realmente no puedo darme el lujo de darte algo; hay tanta gente que me pide, que no puedo hacerlo." Pues bien, él era un hombre que usualmente había sido muy generoso, y un poco más tarde le remordió su conciencia al pensar que había comenzado a escatimar en lo que daba al Señor.

Esa noche, cuando la esposa y la familia se habían retirado a descansar, se sentó a meditar junto a la chimenea, y se dijo a sí mismo: "realmente me pregunto si fue una buena decisión construir esta casa; me ha acarreado muchos gastos; se necesitan nuevos muebles; he subido a un nuevo rango dentro de la sociedad y los gastos han aumentado y mis hijas necesitan vestidos nuevos; todo está en un nivel de mayor lujo, y sin embargo, yo he estado limitando lo que doy al Señor. Creo que no he actuado bien; me siento muy intranquilo."

Se supone que mientras pensaba en todo esto, se quedó dormido, pero si así fue, qué bueno para él, pues súbitamente la puerta se abrió, y entró al cuarto un extraño muy manso y humilde, que acercándose le dijo: "señor, lo estoy visitando para pedirle su ayuda para una sociedad que envía el Evangelio a los gentiles; ellos están muriendo, muriendo por falta de conocimiento; usted es rico, ¿podría darme alguna ayuda para enviarles la palabra de vida?" El comerciante le respondió: "usted debe excusarme, realmente; mis gastos son demasiado elevados, y debo recortarlos; no estoy en capacidad de darle nada; debo decir que no." El extraño lo miró con una mirada apesadumbrada y dijo: "tal vez usted piensa que la obra está demasiado lejos, y no da porque el dinero será enviado más allá de los mares. Entonces le diré que hay una escuela muy pobre en una parte de la ciudad, muy cercana a su oficina, y está a punto de cerrar por falta de fondos, y allí están los niños pobres que asisten, los vagabundos de estas calles, ignorantes del camino correcto, ¿me podría dar una contribución para esa causa?" El comerciante se molestó un poco por estas preguntas insistentes, y respondió: "ahórreme el problema; no tengo dinero, no puedo darle nada." El extraño se limpió una lágrima de su ojo, y dijo: "entonces debo pedirle por lo menos algo para la sociedad bíblica; eso, como usted se podrá imaginar, yace en la raíz de todo; propaga la palabra de Dios, y seguro, si usted no tiene para la sociedad misionera, o la escuela de pobres, podrá dar algo para la propagación de la propia palabra de Dios." "No," respondió el comerciante, "ya le he dicho que no puedo," y entonces, el aspecto del extraño pareció cambiar, y aunque seguía siendo manso y humilde, sin embargo, al mismo tiempo, su rostro se tornó majestuoso. Había una gloria en su cara, y a pesar de ello, había surcos de dolor, y le dijo, suave pero severamente: "hace cinco años, esa hijita tuya, con sus hermosos bucles, estaba consumida por la fiebre, y tú oraste en la amargura de tu alma para que la hija amada de tu corazón no te fuera arrebatada, y fueras librado de ese duro golpe. ¿Quién oyó esa oración, y te devolvió a tu hija?" El comerciante cubrió su rostro con sus manos, y sintió vergüenza. "Hace diez años," dijo la misma voz, tú estabas en grandes dificultades; las deudas te abrumaban; estabas al borde de la bancarrota; tu cabello había encanecido por la preocupación. ¿A quién acudiste en esa hora de problemas, y quién te escuchó, y te proporcionó amigos que te ayudaron a través de tus dificultades cuando otros comercios estaban fracasando, y hombres más ricos que tú estaban quebrando por todos lados? ¿Quién hizo eso por ti? Además," dijo el extraño, "hace quince años tú sentiste la carga de tus pecados, y caminabas de arriba abajo exprimiéndote las manos por temor, y clamando: "¡Dios, ten misericordia de mi!" Tu corazón estaba muy sobrecogido; ¿quién te habló en esa hora la palabra de perdón que quitó todos tus pecados? ¿Quién tomó todas sus iniquidades sobre sí?" El comerciante sollozó muy fuerte y tembló, cuando la voz dijo: "si tú no me pide nada más, yo tampoco te pediré nada más." El hombre cayó sobre su rostro ante el augusto visitante y dijo: "toma todo, mi bendito Señor; perdona mi vergonzosa ingratitud hacia Ti, y ayúdame para que en el futuro yo no Te niegue nada." Ya sea que fuera un sueño o no, lo cierto es que ese comerciante se convirtió en uno de los príncipes cristianos de América, y dio para la causa de Cristo como pocos lo habían hecho jamás.

"Dios ama al dador alegre," y ustedes saben lo que Él les pide. Prosigan su camino, comerciantes, y den con generosidad conforme Dios les da. Prosigan su camino, tenderos, y esparzan como puedan, pues Dios primero les proporciona los medios. Prosigan su camino, ustedes obreros y ustedes trabajadoras esforzadas, y den de acuerdo a su capacidad. Den, ustedes, ricos, porque son ricos, y den ustedes, pobres, porque no se van a volver más pobres, pero puede ser que sí se vuelvan más pobres si no ofrecen a Dios Su porción.

Pero, primero, ¿ya le han dado su corazón? ¿Han puesto su confianza en Jesús? Si no es así, este sermón no es para ustedes; pero si su corazón pertenece a mi Señor, y han sido lavados en Su preciosa sangre, entonces que mi texto se grabe profundamente en sus oídos, y todavía más profundamente en sus corazones: "Dios ama al dador alegre."

Porciones de la Escritura leídas antes del sermón: 2 Corintios 9; y 11: 18-33.

extracto del sermon: 835 de Charles Spurgeon "Dios ama al dador alegre"
tomado de: http://www.spurgeon.com.mx/